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Una primera calibración del proceso social y político que vive Bolivia, desde la eclosión de octubre de 2003, podría permitirnos descartar dos extremos: primero,que la realidad boliviana no está ni ha estado nunca en una situación de inercia o reposo, y en segundo lugar, que la ebullición social que la caracteriza tampoco anuncia la inminencia de una revolución, si ésta es entendida en términos de cambio total. El movimiento social que tiene Bolivia parece agitarse, por lo tanto, entre dos aguas: por un lado, como un estado sediento de reformas necesarias y, por otro, como un esfuerzo titánico de reconstrucción estatal que vaya más allá del simple reformismo que pone parches sobre un traje viejo, aunque no culmine en un cambio revolucionario pleno. Ni inercia ni revolución, ni parches reformistas sino un cambio progresivo de reconstrucción estatal, esa parece ser la proyección más notoria del actual momento político. Que la sociedad boliviana siente, en sus fibras más íntimas, la sensación del cambio es una realidad inobjetable. Que este cambio |